No es nuevo esto de la economía colaborativa. Hace tiempo que escribí aquí sobre esta tendencia en el gran consumo (Ver artículo). Lo que hace meses o años se veía como algo lejano y hasta “un poco raro” en España, comienza a ser algo “más normal”.  Es habitual compartir transporte (coches de alquiler por minutos) o alojamiento en casas de particulares.  Los millenials y los  postmillenials  son más proclives a este tipo de consumo. Según la revista Forbes, el mercado de compartir bienes personales superó en 2014 en más de 3.500 millones de dólares.

El auge de esta tendencia es indiscutible. El consumo colaborativo (intercambiar, alquilar o compartir) está en auge. En el ámbito del retail (distribución) la cuestión que se plantea ahora es cómo incorporar esa tendencia a los modelos de negocio tradicionales de compra-venta.

El reto para cualquier marca o empresa de servicios es ser capaz de ofrecer a los clientes un valor añadido y una satisfacción. En el caso de los consumidores militantes de la economía colaborativa que están familiarizados con prestar, donar, compartir y se alejan de las compras-ventas clásicas, es más complicado de compaginar.  Los comercios, en consecuencia, se enfrentan a una realidad incipiente pero cada vez más sostenida en el tiempo a la que tienen que dar una respuesta.

En Francia, la revista LSA (nº 2409) acaba de publicar un artículo con el título “Le commerce est-il compatible avec léconomie collaborative?” en el que se mencionan algunos ejemplos de empresas que ya han apostado por introducir la economía colaborativa en sus empresas.

La empresa Seb , que vende pequeños electrodomésticos y utensilios de cocina, ha creado una línea nueva que permite el alquiler de los mismos. Se trata de la gama más alta y cara de su catálogo. Curiosamente, se podría pensar que va en contra de la filosofía de venderlos, pero, según las opiniones de los clientes que han utilizado ese servicio, la posibilidad de alquilarlos les permite probar durante un tiempo los aparatos antes de comprarlos.

Otra empresa multinacional, Leroy Merlin, ha desarrollado el FabLab (en colaboración con la empresa TechShop), que es un taller de formación en el que se emplean máquinas semiprofesionales (como impresoras 3D) con el objetivo de estimular la colaboración. Además, esta empresa ya estaba apostando por el consumo colaborativo y creó una comunidad en la que se intercambian conocimientos entre autónomos que hacen reparaciones y que permite que los clientes encuentren a profesionales que les ayuden a hacer arreglos en casa.

En el artículo, también se citan a tres cadenas de supermercados franceses que han apostado por la economía colaborativa. Por ejemplo, una cadena ha creado un taller de sopas, en el cual, parados de larga duración las elaboran con verduras de proximidad. Otra empresa ha apostado por contratar a autónomos que entregan los pedidos a domicilio y así abaratar costes de envío. Y, finalmente, otra empresa ha utilizado la co-creación, permitiendo al consumidor diseñar productos a partir de una serie de opciones que, combinadas, permiten “customizar” los productos.

 

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